Mi primera ciudad expat

Desde que tengo recuerdo, siempre quise vivir fuera de España, no sé por qué pero todo me parecía más fascinante, más exótico e intenso. ¿Cómo no iba a querer vivir en una ciudad como Londres, Nueva York o Paris? El tiempo pone cada cosa y a cada persona en su sitio.

Hace ya unos años, me lancé a vivir fuera de España, por fin. Tantas ilusiones puestas durante tanto tiempo y por fin salía para descubrir un mundo diferente. No íbamos a un lugar que de primeras me apasionara pero la sola idea de salir ya era una aventura. Llegué un 16 de noviembre al frío y oscuro invierno de Copenhague y mis expectativas y mi realidad chocaron como dos trenes.

Mi estancia duró dos inviernos y medio, la vida entonces la medía por inviernos, que no duran 3 meses sino mucho más. Es una ciudad “fácil”, todo está en orden, todo tiene un sentido… y cuando algo se sale de la norma es totalmente una sorpresa. Es un lugar preparado, allí la caída de nieve no interrumpe tus viajes diarios como nos ha pasado en Estambul; la continua lluvia no vuelve loco el tráfico como nos pasa en Panamá; ni los rayos de sol se toman a la ligera como nos ocurre en Las Palmas de Gran Canaria. También tenía vida: festivales, días largos de verano, celebraciones y mucha fiesta.

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Hombre en bici por Nyhavn, imagen de Unsplash

Sin embargo, durante años, la mera mención de la ciudad provocaba en mi cuerpo una reacción de asco que surgía desde el estómago. ¡Cómo ha podido decir eso! pensarán algunos. Pero es que así era hasta hace bien poco. Los que me conocen lo han visto.

La realidad para mi no fue fácil, de hecho ha sido más fácil en cualquiera de los otros países donde he vivido. El choque cultural fue brutal, el clima no ayudó y tampoco el momento. El gris pesado del cielo un día tras otro te abrumaba el pecho, y qué insistencia con la llegada de la primavera que nunca llegaba. La privacidad danesa que hacía de barrera te cerraba el corazón. La uniformidad borraba cualquier tinte de exotismo y al mismo tiempo te atrapaba en sus redes. Me marcó mucho la superficialidad en las cosas y de las relaciones, como todo pasando de puntillas sin llegar a tener emociones reales y fuertes.

Mi primera ciudad expat
Cuando sale el sol, todos a la calle

Dicen los expertos que cuando llegas a un lugar nuevo para llegarte pasas por varias etapas. La primera es de luna de miel, donde todo es maravilloso y todo te parece fascinante. La siguiente etapa llama a todo lo negativo, lo opuesto a lo esperado, los contrarios; de alguna forma te has quitado ese velo romántico del principio y ahora pareces solo ver las cosas que no te gustan. Luego vuelves a resaltar las que te gustan, los valores positivos, porque uno no se puede quedar sólo en una etapa negativa, eso no es vivir. Y entre estas dos etapas bailarás durante el resto de tu estancia. Yo nunca viví la etapa de luna de miel, y me estanqué en la siguiente. ¡Fue duro! En lo personal y entre nosotros, pues no es nada fácil vivir con alguien que está amargada todo el día.

Mi primera ciudad expat
Los amigos hicieron el camino un poco más fácil

Una de las cosas que me atosigaban era precisamente el hecho de que siempre había querido vivir fuera de España ¿era esto de verdad lo que tanto anhelaba? ¿Por esto había tenido que escuchar antes de salir que “en ningún sitio se vive como en España“? Y más aún, ¿cómo iba a continuar si nuestro futuro laboral implicaba vivir en lugares diferentes por periodos cortos de tiempo? ¡Qué fraude era yo! Todo lo que soñé era mentira. Tan duro fue, que tomé la decisión de ponerme una fecha final a mi estancia, saldría de allí con o sin Nacho, porque ya no podía más. Afortunadamente salimos antes de lo esperado, él a Estambul y yo a Malaui, donde sané mis heridas y descubrí que sí podía vivir en el extranjero, que simplemente no podía vivir en Dinamarca.

No he superado totalmente aún esa animadversión nórdica, porque se extendió a toda la región, aunque estoy siendo algo más tolerante. Tanto que si sigo viendo las mochilas Fjallraven Kaneken sigue dándome un escalofrío, tanto que descarto por completo cualquier nombre nórdico para un tercer hipotético hijo o hija; ahora simplemente acepto la ciudad, sus costumbres y sus ritmos como los que son: diferentes a mí, perfectos para otras personas. Eso sí, siempre estaré agradecida a Copenhague por forzarme a aprender a montar en bici, que sí, a los 28 años se puede aprender.

Mi primera ciudad expat
Las visitas de amigos siempre animan el espíritu

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4 comentarios sobre “Mi primera ciudad expat

  1. Menos mal que pudiste llegar a Malawi y retomar esa vida que tanto deseaste, y conocer otros lugares y otras gentes que te hacen ver lo que era tu sueño…

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    1. cada ciudad es diferente y tiene sus cosas, y nosotros nuestras etapas. No todos los lugares valen para todos, pero sí valen para alguien

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