Tocar el cielo en Pokhara

Después de unos días de bullicio y ajetreo en Katmandú, nos dirigimos a un lugar más tranquilo. Pokhara también se sitúa en un valle, pero nada tiene que ver con la capital de Nepal. Aquí cambia hasta el ritmo.

Concretamos con una agencia nuestro traslado a Pokhara, podíamos hacerlo en un autobús regular, directo que duraba unas 7 horas; o bien en uno de categoría superior y parar en el río Trishuli y hacer rafting antes de seguir nuestro camino a la ciudad de las montañas. Ante aquella disyuntiva no hubo dudas: la segunda era para nosotros.

El camino hasta Trishuli discurrió sin pena ni gloria, la mayoría de los turistas íbamos pensando en lo que nos quedaba, unos cuantos paraban como nosotros para el rafting, otros después de la experiencia volverían a Katmandú y otro tanto iba directo a Pokhara. No hicimos grandes amigos en ese trayecto, estábamos pensando en el río. Yo ya había hecho rafting, una vez en Idaho pero para Nacho era la primera vez, así que estaba a la expectativa.

Rafting en Trishuli

Cuando el autobús paró descubrimos varias casas a la orilla de la carretera y el rumor de un río de fondo. Esperamos un rato en el que entablamos conversación con dos australianos que iban, de manera independiente, de viaje casi sin billete de vuelta. Mientras conversábamos llegaron otros grupos más, un par de amigos estadounidenses y un grupo de hindúes recién graduados.

Nos dirigimos al río en un gran grupo ataviados con casco, chaleco, remo y una risita nerviosa. Por fin divisamos el río y llegamos a la orilla rocosa, era más ancho de lo que el rumor podía hacernos esperar, allí estábamos casi listos para la acción. Nos dividimos en dos grupos: los yankis, nosotros y unos cuantos hindúes en una barca, el resto del grupo de graduados en la otra. Con prejuicios o sin ellos, realmente el grupo más joven no tenía pinta de ser unos hábiles deportistas; los estadounidenses se alegraron de que fuéramos juntos.

Nos lanzamos al agua y empezamos a surcar aquel ancho río, primero probando los remos y los cambios de dirección, siguiendo las órdenes que daba el monitor y jefe de grupo, asegurándose de que todos íbamos a una. Llegó el primer rápido y la mezcla de concentración y adrenalina nos refrescó la cara. Un par de ellos más antes de parar en la vereda del río a descansar un poco antes de seguir. Por el camino un paisaje seco, muchos puentes colgantes de un lado al otro del río y muchos, demasiados, niños transportando piedras y agua de un lugar a otro.

Volvemos al río y a los últimos rápidos, los más emocionantes para terminar el circuito. Ya sea porque estábamos distraídos o porque realmente eran el conjunto rocoso más difícil del trayecto, de nuestra barca se cayeron dos ocupantes. Y por increíble que parezca, ¡no fuimos nosotros! Aunque no habría estado mal probar el agua, yo lo hice en Idaho y fue divertido. Ahora viene la calma, el río como un plato y splash llega la guerra de agua de una lancha a otra. A esto hay que darle las gracias a los hindúes, pues los estadounidenses no estaban por la labor y al no tener confianza con los demás, nosotros tampoco aunque de buen grado nos unimos todos a la fiesta del agua.

Una vez secos, nos dieron de comer, una buena cacerola de arroz con verduras y algún tipo de curry, todos comimos de la misma cacerola, todos con la mano que así es como sabe mejor. Y llegó nuestro busito, esta vez uno regular, de esos que llevan a todos los santos pintados por dentro y por fuera, que no sabes cómo es posible que vean por la luna delantera y la música a todo volumen. Aunque nos dieron la opción de sentarnos en la parte delantera junto al conductor, acertamos sentándonos atrás, sin poder ver casi nada de la carretera: ojos que no ven, corazón que no siente. Y así, llegamos a Pokhara.

Pokhara paz y tranquilidad

Llegamos a nuestro hostal de noche y lloviendo, así que nada vimos de aquella ciudad que a oscuras no parecía nada. Cuando amanecimos, miramos por la ventana: el lago Phewa y las vacas pastando bajo un cielo azul precioso nos sacaron una sonrisa inmediata. Es cierto que la zona junto al lago es la más turística y también la más tranquila de la ciudad de Pokhara, pero si toda la actividad que queríamos hacer estaba allí, ¿por qué nos íbamos a quedar en algún otro lado?

Phewa, Nepal
Lago Phewa

Primer paseo de reconocimiento y no pudimos resistirnos a alquilar unas barquitas y pasear por Phewa, en mitad del lado hay una isla-templo, a donde llegan muchas barcas con turistas a disfrutar de ese lugar. Seguimos dando vueltas por el lago y mirando al cielo, bueno a las montañas que estaban tan altas como el cielo. Allí puedes ver varios de los 8 miles y desde aquí parten varias rutas a distintos campos base de los Himalayas.

Pagoda de la Paz, Nepal
Pagoda de la Paz

En una de las orillas del lago dejamos la barca y ascendimos bajo el sol abrasador hasta llegar a la Pagoda de la Paz. Un enorme Buda sentado dorado nos recibe mientras continuamos nuestro camino hacia el cielo. Al final del camino hay una terraza con una cafetería, las vistas son preciosas, el lago y las montañas infinitas. El atardecer debe de ser espectacular desde aquí, lástima que el regreso tenga que ser en barca y no podamos volver a oscuras. Quizá podremos volver en moto al templo y así contemplarlo, ya decidiremos mañana.

Pagoda de la PAz, Nepal
Pagoda de la Paz

Despertamos antes de salir el sol, vamos a ver como sale desde las montañas. Un taxi viene a recogernos al hotel y nos deja a mitad de camino de Sarangkot, ya no hay carretera para los coches así que continuamos a pie. Totalmente a oscuras, gracias a nuestras luces frontales ascendemos bien abrigados por la montaña y el lindero de casas de los que allí viven. A medida que vamos subiendo oímos a otros tantos turistas delante y detrás de nosotros haciendo el mismo camino. También van apareciendo nepalíes acomodando sus terrazas a los turistas, ofreciendo té y pastas para ver el amanecer reflejado en las montañas del Annapurna. Continuamos nuestro camino ascendente. En un momento determinado miramos hacia la cima, no nos quedan muchos metros, pero allá arriba ya se ve mucha gente y se oye el bullicio. No queremos ver el amanecer así. A unos 200 metros de la cima nos desviamos a la derecha a una terraza en la que sólo estaremos nosotros y la familia nepalí que la custodia que sigue ofreciéndonos té y algo de comer.

Sarangok, Nepal
Amanecer en Sarangok

Aún no se ve nada, pero el lugar es perfecto y para nosotros solos. Va clareando, se empieza a intuir la cordillera que tenemos frente a nosotros. Se une a nosotros una familia nipona, y tras los cordiales saludos, guardamos silencios. Se asoma el gigante rojo poco a poco y comienza la locura. El nepalí de la terraza se ofrece a hacer de fotógrafo para la familia nipona, nosotros rechazamos la idea: haremos alguna foto pero lo importante es estar en el momento. Un sin fin de posturas raras, de saltos, de simulaciones de Dragon Ball y más fue lo que tuvimos que ver de aquellos tres japoneses animados por un nepalí experto en sacar todo tipo de fotografías. No voy a negarlo, arruinó un poco la experiencia. O más que arruinarlo siempre quedará un evento unido al otro. Pero con cada minuto que pasaba, más claras se veían las montañas. Fue increíble ver cómo primero se iluminaron los picos más altos, el Fish Tail, y poco a poco como la luz iba iluminando las zonas más bajas. Por fin, todo el valle quedó bajo el halo de luz del día y la imagen del lago en calma fue también una delicia para los ojos.

Paseamos por la calle central entre tiendas de souvenirs, agencias de trekking y de otras tantas actividades. Una de ellas nos llama la atención: hacer parapente. Con el vértigo que tiene Nacho, sabíamos que era una actividad difícil de conseguir. Tenía que estar seguro de que quería hacerlo. Así que recorrimos calle arriba y calle abajo durante más de una hora. Había que decidirse. Entramos en Sunrise Paragliding y se convenció. Ya no había turno a primera hora así que tomaríamos el segundo turno. El resto del día lo pasamos tranquilos y después de semejante madrugón, nos metimos pronto a dormir.

La excitación por la nueva actividad iba creciendo a medida que pasaban los minutos. Llegamos a la oficina de Sunrise y otras dos chicas coreanas se unían a la expedición. En el trayecto a Sarangok iban muy animadas hablando entre ellas, Nacho iba callado, intentando digerir todo lo que ocurriría a continuación y mientras tanto yo lo observaba con un poco de miedo porque se echase atrás. La camioneta paró a 1800 metros de altura y nos asignaron a cada uno nuestro guía. Preparamos el equipo y nos dieron instrucciones de cómo proceder para despegar y aterrizar.

Parapente, Nepal
Pokhara

Yo salí primera. Corrí en cuanto me dieron la señal y no dejé de correr hasta que me dijeron que me sentara, aunque hacía un rato que los pies ya no tocaban el suelo. Subimos hasta los 2000 metros y se me escaparon las lágrimas de la emoción, de la belleza, de la libertad. Esperamos unos diez minutos a que Nacho saliera mientras estuvimos dando vueltas en el aire. Finalmente tuvimos que continuar nuestro camino, ya encontraríamos a Nacho en el suelo, el viento manda en estos casos. El paseo fue tranquilo y realmente bello. Y los 30 minutos se pasaron volando. Tocamos tierra y sólo pensaba en volver a subir. Poco después aterrizó Nacho que tropezó o le fallaron los pies y cayó al suelo. Estaba blanco, mareado y con una sonrisa de oreja a oreja. Él quería volver a subir, pero en otro momento. Las coreanas tan pronto como iniciaron el vuelo pidieron bajarse, apenas estuvieron 10 minutos en el aire y ambas tenían la cara pálida y no había ni una sonrisa en su rostro. Definitivamente las apariencias engañan, si alguien nos hubiese visto a los 4 en la subida a la montaña no creo que hubiesen apostado a que quienes queríamos repetir eramos nosotros dos.

Pokhara, Nepal
Lago Phewa desde el cielo

Tras ese subidón pasamos el resto de la tarde junto al lago, tomándonos un zumo natural y asimilando lo que había pasado esos días. A la mañana siguiente tomaríamos un bus de regreso a Katmandú y de ahí un vuelo que nos llevaría a Copenhague haciendo escala en Estambul, y esa es otra historia para recordar.

 

 

 

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2 comentarios sobre “Tocar el cielo en Pokhara

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