El ataque del elefante bueno

Nuestra amiga Megan se trasladó a Sudafrica y comenzó a hacer safaris. Como nos pasó a nosotros, la adrenalina era tal que al ver cualquier movimiento lanzábamos una foto, sin fijarnos en el animal o su posición. Llevándonos a tener un montón de fotos de traseros de elefantes, hipopótamos, jirafas… Qué agradecidos estamos a la era digital! Poco a poco te vas relajando y fijándote más. No es que un elefante deje de sorprenderte en algún momento, pero lo miras con más paciencia.

En una de esas fotos que Megan subió a las redes sociales, alguien le preguntaba si no le había dado miedo. Ella contestó que estaba tan ilusionada que no había pensado que fuera peligroso. Y de esa conversación nace esta entrada.

Te ve, pero no te huele

Nuestro segundo encuentro con elefantes, fue haciendo un safari por los lindes del Parque Nacional de Liwonde, en Malawi. Nuestro ranger, un señor bajito, iba ataviado con un machete y unas sandalias como indumentaria y utensilios necesarios pars el safari; así que nada nos hizo presagiar un encuentro con alguno de los 5 grandes.

Tras enseñarnos los baobab gigantes que se arremolinaban junto al parque, nos fue indicando qué animales habían pasado por allí según las deposiciones que iba encontrando por el camino. “Estas son de elefante, y son frescas” dijo. Pensamos que iría en la dirección contraria, pero no, se dirigió a su encuentro. Y así, tras un matorral, a unos veinte metros de distancia, lo vimos. Y él a nosotros. Se fue acercando, y nosotros alejándonos. Cuando salimos de allí, con esa risita nerviosa que se le pone a uno cuando no sabe si lo que debería hacer es estarse quieto o huir despavorido, el ranger nos explicó. El elefante podía vernos, ven a esa distancia, y más si, como Nacho, llevas algo de un color vivo como su camiseta roja. Sin embargo, el viento iba desde él hacia nosotros, y así no podía olernos. No sabía si eramos “amigos o enemigos” y por eso se acercaba.

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A 20 metros de nosotros estaba el elefante del Parque Nacional de Liwonde, Malaui

Nos debatimos entre el miedo, la risa, los nervios, la curiosidad, la excitación. Fue una experiencia brutal, pero estábamos en su territorio, así que podría haber pasado cualquier cosa.

Aléjate de mis crías

En nuestro safari en coche con Damiano por la Reserva Natural de Majete, vivimos un momento un poco más tenso que el anterior. En esa ocasión, nuestro ranger llevaba botas militares y un arma como parte del protocolo en caso de que algún animal se acercase demasiado poder asustarle con un tiro al aire.

En el camino, a lo lejos, vemos una manada de elefantes con crías. Uno de los elefantes de la manada, se gira hacia nosotros y comienza el espectáculo: batea las orejas y patea el suelo. Damiano nos indica que estas son señales clave previas a un ataque, el elefante nos está avisando de que estamos invadiendo su espacio. Así que nos retiramos. Más adelante podemos seguir viendo a la manada, sin que ellos nos vean. Paramos y seguimos observando. De repente el coche safari que va detrás de nosotros acelera y nos hace ponernos en movimiento. El mismo elefante que nos había avisado a nosotros se había lanzado a correr contra el coche.

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Durante unos metros nos persiguió el elefante en la Reserva Natural de Majete, Malaui

Nosotros no nos llevamos ningún susto, pero seguro que los que iban en el otro coche no pueden decir lo mismo, a veces estas cosas pasan.

La estupidez humana personificada

A un par de días de marcharnos de Malawi tuvimos nuestro último momento con elefantes, esta vez sí fue terrorífico. Nos encontrábamos en Vwaza, durante el día habíamos visto un grupo de tres elefantes y el personal de la reserva nos recordó no utilizar el flash con los animales, pues esto podría asustarles y consecuentemente cargar contra nosotros.

Ya en la cena, a oscuras, pues no hay electricidad, oímos el ruido del paso de unos cuantos animales. Con cautela, enfocamos una linterna rápidamente hacia donde procedían los sonidos, no pensábamos que podían ser elefantes, pero sí, una manada otra vez con crías. El rápido encender y apagar de la linterna les hizo volverse a mirarnos, y si nadie hubiese hecho nada, aquí habría acabado nuestra historia: cenar a la luz de las velas mientras los elefantes pasas a tu alrededor. Habría sido suficientemente excitante.

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Durante el día avistamos a tres elefantes en Vwaza Marsh

Uno de los turistas que allí estaba decidió que eso no era suficiente para él. Tomó su linterna y empezó a flashear al elefante más grande. Éste se enfadó, se giró y nuevamente empezó el espectáculo, pero duró mucho más: bateo las orejas, pateo el suelo, barritó y golpeó un árbol. Este sí estaba listo para cargar cuando pudimos robarle la linterna al turista irresponsable, que además nos llamaba cobardes.

No sé si realmente no nos habría ocurrido nada malo, yo lo dudo la verdad, pero esa ha sido la única vez que hemos tenido miedo en un safari (y tanto en Kenia como en Zambia tuvimos a los leones muy cerca), que realmente hemos pensado que la cosa no iba a acabar bien en ese viaje (y hemos hecho parapente en Nepal y buceado con tiburones en Indonesia y Panamá). Esta es la única historia que el paso del tiempo no ha hecho más divertida, pero sabemos que la culpa no la tuvo el elefante.

Los elefantes son animales muy territoriales además de protectores de su manada. Es raro encontrar a uno en solitario, en cuyo caso, hay que tener cuidado porque puede haber sido expulsado del grupo. Un elefante tiende a avisarte de que te estás pasando de la raya: batea sus alas, patea el suelo, barrita y golpea cualquier cosa que tenga cerca demostrando así su fuerza, si no lo entiendes es porque no quieres.

¿Son seguras estas experiencias para peques?

Cualquier viaje, cualquier situación en la vida entraña sus riesgos: si cocinas te puedes quemar, si sales a la calle te puede atropellar un coche, etc. Pero no creo que un safari sea peligroso para estar con peques. En la mayoría de las situaciones no hubo peligro, las personas con las que íbamos conocían perfectamente las dinámicas de estos animales y sobre todo las respetaban y no hubiesen rebasado la línea de la imprudencia. La última historia, es un llamamiento a la responsabilidad y al respeto, por la naturaleza y por los que nos rodean. No hubiésemos tenido un recuerdo agridulce si no fuera por la imprudencia ajena. Nosotros lo tenemos claro, los llevaremos de safari en cuanto podamos!

¿Has vivido alguna experiencia graciosa o extrema en tus viajes? Compártela !

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